Coimas... Sobornos... ¿Son corrupción?

por Rudd-O publicado 2010/10/12 12:50:00 GMT+0, Última modificación 2013-06-26T04:38:56+00:00
Las cosas son al revés de lo que parecen. Lo que pensamos que es corrupción, no lo es. Lo que pensamos que es bueno, es corrupción.

Hoy hablaba por Twitter del tema corrupción con una amiga, ultra-adoctrinada en el mito de la obediencia como virtud, y ella me hizo reflexionar algo que hasta ahorita no había reflexionado.

Ella decía: las reglas se deben cumplir. Eso no es un justificativo para dar coimas.

Coima, por supuesto, es lo primero que se le viene al ciudadano común cuando escucha la palabra "corrupción".  De hecho, cuando expresé a mi amiga mi absoluta indiferencia hacia las coimas, ella inmediatamente dijo "pero es que si no la corrupción no tendrá fin...".

Pero, ¿es acaso coimar* o sobornar* -- influenciar a una persona mediante regalos o dinero para que rompa la ley -- un acto corrupto?  (Es bueno hacerse esas preguntas.  Todo cambio revolucionario comienza con una pregunta que tiene una respuesta popular, bien conocida, y también 100% equivocada.)

* Ojo: Acá me limito a discutir únicamente las coimas y los sobornos hechos para lograr un objetivo que no tiene nada de malo desde un punto de vista moral.  Nada de lo que digo aplica a soborno o coima dados para evitar un castigo en consecuencia de cualquier acto realmente inmoral, como por ejemplo robar, matar, cometer fraude, violar, etcétera.  Espero que quede claro este punto.  

Pensando y pensando, me dí cuenta que el tema de las coimas y lo que la gente llama "corrupción" coloquialmente, no era tan malo.  Que, de hecho, las coimas y los sobornos hechos a las autoridades estatales no eran más que la humana y natural respuesta en defensa de las imposiciones (de las estúpidas y absurdas "reglas") del Estado, ente que a priori sabemos es malévolo porque inicia amenazas y violencia contra gente pacífica y buena, y también es corrupto porque trata de disfrazar sus perversos actos tras una falsa impresión de benevolencia, virtud y paz.  Que el Estado tiene rabo de paja cuando sus funcionarios se quejan de los sobornos, porque es cosa de conocimiento público que todo político tiene que sobornar a sus votantes y perros con promesas, cargos políticos, troncha y (claro) hasta plata antes de llegar al poder, pero una vez que él está en el poder, oooops chucha de tu madre, ahí sí está mal si alguien hace exactamente lo mismo que el político hizo para llegar al poder.  Que un funcionario estatal o un defensor del estatismo quejándose del soborno y de la coima, simplemente es el más grandilocuente hipócrita que el mundo pueda conocer.  

Y me quedé pensando.  Esta errónea idea de coima = corrupción que la gente tiene es prueba innegable del insidioso poder de la propaganda estatal.  En serio, es quizá el ejemplo más claro de la potencia de la propaganda.  Tal es el éxito de esa campaña constante, que el ciudadano común se siente malo y corrupto cuando él le afloja diez balas a un paco para evitar una situación, y al mismo tiempo es absolutamente incapaz de notar y mucho menos señalar que aquello de lo que se lo acusa es el modus operandi de todo candidato político y burócrata.  Desde la escuelita le enseñan a todos que tratar de influenciar al prójimo mediante dinero es "malo", pero al mismo tiempo los ciegan para que no vean que el político hace exactamente lo mismo pero de otra forma... "Ah, es que cuando el señor de saco y corbata influencia a la gente con promesas y dinero para que voten por él, ahí si no es un soborno ni es corrupto".  Mismo acto, diferente actor; el engaño consiste en aplicar una doble moral y llamar al mismo acto con diferentes palabras (a saber, si eres plebeyo es coima o soborno, y si eres político es "promesa de campaña").

Y me puse a pensar en el famoso ejemplo del cinturón de seguridad, que ya he tratado con anterioridad.  Digamos que yo decido no usar cinturón de seguridad (acto que puede perjudicarme en caso de un choque, pero que es perfectamente pacífico y en nada daña al prójimo).  Supongamos que me para un vigilante a citarme -- es decir, a extorsionarme oficialmente con que me quiten mi auto y numerosas otras amenazas codificadas en la ley, si me resisto a obedecer la ley e ignoro las citaciones.

Entonces, lo lógico y natural para defenderme contra esa transgresión corrupta y perversa de este parásito, es simplemente "el mal menor": darle diez o veinte dólares.  Dejo que me robe el uno para evitar que los otros -- sus superiores, los jueces, los policías, todos más violentos y más poderosos que el vigilante de la calle -- me roben más.  Es más, sería estúpido de mi parte dejarme extorsionar por el Estado y obedecer la citación, sabiendo que hay una muy buena probabilidad de que el vigilante se deje sobornar y con eso exitosamente eludir todas las amenazas y castigos que los políticos se inventaron.  Y esta es una realidad que la gente común la capta inconscientemente en lo más íntimo de su ser -- aun cuando a causa de la propaganda estatal no sea capaz de justificarla.  No sorprende, entonces, que aunque aparentemente sea "malo" sobornar, igual todo el puto mundo lo hace cuando se puede salir con la suya y escapar la injusticia oficializada de la que es víctima.

Viéndolo desde esa óptica, las coimas para eludir la agresión oficial son actos incluso hasta virtuosos de defensa propia (claro, exceptuando todo soborno dado con el propósito de escapar un castigo por algo realmente malo, como robar, violar o agredir).  Lo que sí es categóricamente corrupto y extremadamente cara de palo es que un funcionario del Estado -- parásito que vive del dinero extraído con amenazas y agresión a la clase productiva -- insulte con el epíteto de "corrupto" a un individuo bueno y pacífico que soborna a otros parásitos estatales, cuando es él quien vive de la prebenda, del dinero mal habido (a saber, impuestos), del soborno institucionalizado.  Claro que no sorprende -- como siempre, en materia de Estado, el gobernante hace cosas malévolas y después se inventa que son los demás, quienes quieren resistir a ese mal, los que son malévolos.

Sinceramente no aspiro a cambiar el punto de vista de mi amiga, ya que para ella todo lo que la autoridad diga está bien, y todo aquél que atente contra las órdenes de la autoridad siempre estará mal y será un perverso, sin importar la validez de sus argumentos o la verdadera perversidad de la autoridad.  Que los malvados son las autoridades porque le imponen al público sus caprichos mediante el terror, y que la ley no es más que el resultado final de un monumental soborno oficializado a gran escala, son conclusiones que simplemente están fuera del alcance de su comprensión.  Ella no lo va a poder captar, no por boba -- ella es muy pero muy inteligente -- sino porque para ella el ejercicio de la autoridad y la obediencia de las órdenes son sinónimos de virtud y benevolencia; así fue educada y esa no es una cosa que se pueda cambiar de la noche a la mañana nomás.  Me da mucha tristeza en realidad, porque me gustaría poder tener una conversación más significativa del tema con ella.

Pero igual, acá llamamos a las cosas por su nombre: la verdadera corrupción no radica en protegerse de la gente malévola y sus designios, sea que se logre con coimas o que se logre con la fuerza.  La verdadera corrupción radica en llamarse a uno mismo virtuoso y bueno, cuando usa o defiende la agresión como modo de vida, y cuando hipócritamente hace exactamente lo mismo de lo que uno acusa a los demás.